De vez en cuando necesitamos un empujón..

shutterstock_200064854Era marzo de 1991. Habían pasado más de tres meses desde que inició el viaje en su natal Guatemala. A medida que se acercaba a la ciudad de Tijuana en la parte norte de México, aquella canción “paso del Norte” de Antonio Aguilar se sentía hasta lo más profundo del alma.

Ahora, la travesía por Belice, los problemas con la “migra” en el trayecto desde Chetumal hasta el Distrito Federal; la familia esa que vendía “fayuca” en el mercado de Tepito y que sin conocerlos les dio posada y comida dos meses, la separación de los cuatro amigos de los cuales uno siguió a Matamoros; otros dos a Tijuana y una más que no tenía familia en Estados Unidos tuvo que quedarse casi otro año viviendo con la misma familia en el D.F.

El largo viaje de tres días en autobús desde el D.F. hasta Tijuana había terminado,  en una de las callejuelas de la ciudad encontró a un “jalador” que le ofreció cruzarlo “al otro lado”, el hombre parecía confiable, era un hombre mayor de edad, un tipo canoso. Al instante de quedar en un precio lo que hizo fue llevarle a un comedor y después de pagarle un almuerzo lo entregó a otra persona que le llevó a otra casa a esperar la caída de la tarde.

Otro “coyote” llegó en la tarde a buscarlo a esa casa de refugio; te voy a ayudar a cruzar, dijo. Le guio por varias calles hasta que llegaron a un lugar que parecía mercado. Gente vendiendo comida, otros,  bolsas de plástico y otros cobrando por subirse en unas enormes escaleras.  Estas escaleras te permiten subir a lo alto del Muro de Tijuana.  Este muro se extiende por miles de kilómetros en la frontera entre México y Estados Unidos; el objetivo es no dejar pasar a la gente “al otro lado”.

Sobre el muro cientos de personas viendo  “al otro lado”, añorando pasar a Estados Unidos, la tierra que fluye leche, miel y dólares. Muchas gentes mueren en el intento, hacen largos viajes desde todo México, Centro y Sur América. Sin embargo por alguna extraña razón en este preciso lugar la gente se congela, sabe que en este pequeño espacio se juegan el éxito o fracaso de todo el viaje en el que tanto han sufrido.

El “coyote” me dijo: Toda esa gente llega hasta aquí y luego pasan días y días sin que se animen a saltar; se congelan y no saltan. Yo observaba con detenimiento a la gente, los había de todas clases y orígenes. En ese momento me congelé también, igual que ellos.  El hielo no duraría mucho, en un instante y sin previo aviso el “coyote” me dio un empujón y caí repentinamente en el lado estadounidense. Una vez abajo había que correr.  Como decía mi abuelita, ya montado en el burro hay que agarrarse! Solo que aquí hay que correr también.  En unos minutos que se extendieron por la eternidad cruzamos unos 200 metros que separan ambas fronteras y saltamos otra cerca para caer en unas casas.  Había completado el viaje! Había llegado.

Del otro lado, los cientos de personas todavía miraban del otro lado. No tenían quien los empujara.

 

Moraleja: Muchas veces en la vida nos congelamos ante situaciones similares, no es bueno arriesgar la vida queriendo cruzar de manera ilegal a otro país y mucho menos Estados Unidos, sin embargo de vez en cuando necesitamos que alguien nos dé un empujón; pero si no hay nadie más, empújate tu mismo!

 

Aroldo David Noriega

Guatemala, 2015.

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