Doña Naya

4nEl ruido despertó a la viejita, se oían gritos en la calle, golpes contra las paredes de las casas. La gente que alborotada gritaba cosas, cuando por fin despertó bien y logró salir a la calle, la gente aún no terminaba de pasar, iban gritando, algunos soldados acompañaban al grupo, no para poner orden, iban mezclados, como participando del mismo evento.

Eso es raro, porque los soldados nunca se mezclan con el pueblo, no señor, siempre están del lado de los gobernantes, nadie los culpa por ello, son trabajadores a sueldo y no hacen más que buscar su sustento aunque al buscarlo a veces hagan cosas que no conviene hablar.

La viejita pensó… debía ser algo importante y tendrían que llegar a la plaza de la ciudad, rápidamente regresó a su casa y se puso una manta en la espalda; por si tardaba más de la cuenta puso cerrojo a su puerta, apagó los tizones y salió a la calle para averiguar más de ese tumulto.

Los viernes en esa ciudad, habitualmente no hay tanta gente, siempre es tranquilo y se puede apreciar casi todo el día el brillo de las piedras que cubren las calles, y es que desde que las autoridades de la ciudad mandaron a colocar piedras en todas las calles, ahora es más fácil caminar, lo malo es que se oyen los cascos de los caballos a toda hora y eso molesta a algunos habitantes pero vale la pena porque el agua no hace tanto lodo como antes.

Así que la viejita pudo caminar más aprisa y llegar casi a tiempo para interceptar a los que iban al frente de toda esa gente.
Primero unos soldados iban haciendo camino, apartando a la gente para dar paso a más soldados, los soldados vestidos con casco de metal brillante, túnicas de colores, espada al cinto.
Los comandantes de la guarnición iban a caballo, imponentes, solo de verlos la gente se hacia a un lado, silenciosamente, como presagiando algo malo.

Atrás de los soldados y de sus comandantes, venían dos hombres, sus ropas raídas, sus cuerpos sudorosos, cada uno cargaba una cruz de madera y el sol les hacia más brillante la carga. Hasta podía decirse que sufrían intensamente pero no se notaba sentimiento alguno en ellos.

Atrás de ellos venía otro hombre, un hombre al que ya había visto en otros lados, un hombre con apariencia de Ángel, un hombre con el pelo largo, ojos con ternura, que miraba hacia abajo como pidiendo por todos los que lo habían entregado a ese sufrimiento, terrible escena.

Al contemplar ese cuadro, la viejita no pudo más que conmoverse, lloró al pensar en ese Santo Hombre que lleva una corona de espinas en su cabeza y una pesada cruz sobre sus hombros, muy pesada, pesa tanto porque cargó los pecados de todo el mundo sobre sus hombros.

Las manos ensangrentadas, su cuerpo encorvado, listo para el sacrificio, para ser llevado a la cruz por nuestros pecados.

La viejita no se percató, que mientras contemplaba a nuestro Señor, la gente se amontonó tanto que la derribó al suelo y la gente no se dio cuenta que la viejita fue pisoteada por la multitud que seguía la procesión del viernes santo.

Así es como mi abuela Naya murió en 1984, en una procesión, en Chiquimulilla, Santa Rosa.

DEDICADO A DILIA MORALES

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